domingo, 9 de octubre de 2016

Plebiscito y locura lúcida: una alcachofa para deshojar

 
 
“Para Heidegger el hombre es como una alcachofa: solo se le entiende deshojando su apariencia, su sentido más externo y haciendo el camino hacia su verdad, hacia el corazón de la alcachofa”
Parra S., Rodrigo (1996: 193) 

Ya hay quienes están desimbricando la alcachofa del plebiscito del pasado 2 de octubre de 2016, en Colombia.  Son varios los análisis que se vienen haciendo acerca de los resultados, que no pasan de ser una muestra más del comportamiento de los adultos colombianos. El sentir y pensar de los millones de niños, adolescentes y jóvenes, donde está el corazón de la alcachofa, no han podido emerger en el debate nacional e internacional, sobre la votación del“Acuerdo para la terminación del conflicto y la construcción de una Paz Estable y Duradera”; no obstante, 85 colegios del departamento del Atlántico realizaron un plebiscito escolar con base en el conocimiento de los Acuerdos, la discusión de los mismos en las aulas y la praxis del mecanismo de refrendación. Los resultados: 69% por el Sí y 39% por el No.

Este artículo, apoyado en el símbolo de una hortaliza, llama la atención acerca de la posición y superposición comportamental de los ciudadanos en el plebiscito, más allá del síntoma, más al fondo del sentido externo, de la apariencia, intentando deshojar  algunos pencas atávicas de la formación de la nación colombiana, con el apoyo de la psiquiatría, la genética, la sicología, la historia, la literatura, la filosofía y la sociologìa. Es la historia la que nos trae este despertar que tenemos que resolverlo entre todos, mirándonos en el espejo de los acontecimientos, en la morfología de la alcachofa, porque, como lo escribe William Ospina (1995) en: ¿Dónde está la franja amarilla: “todo proyecto histórico que pretenda erradicar los males sin conocer su fuente está condenado al fracaso”.

¿Hacia dónde vamos?

Deshojando el libro: Psicología del hombre colombiano encontramos esta pregunta titulando el capítulo final, precedido por otros seductores capítulos: ¿Cómo nos comportamos? y Pautas de crianza de los niños de Colombia, niños que hoy son adultos con edades entre entre los 35 y 40 años de edad. La respuesta, a la pregunta en cuestión, no se aparta de divisar el pasado para recordar que el Sabio Caldas (1808) fue el primero en hacer un estudio acerca de los patrones de comportamiento del hombre en la Nueva Granada. Para el científico payanés, la explicación de las diferencias sicológicas entre los habitantes de las distintas regiones del país se debía al clima. Todos sabemos que la postura de la ciencia actual es distinta y que el estudio: Del Influjo del clima sobre los seres organizados, publicados por el fundador del Semanario del Nuevo Reino de Granada, tiene importancia histórica, como pionero en esta área del conocimiento.

Años más tarde, Luis López de Mesa (1934) preocupado por comprender “el carácter nacional”, de los colombianos, escribe el libro: De cómo se ha formado la nación colombiana. Afirma el filósofo y siquiatra que la universalidad del hombre colombiano se debe a que “somos África, américa, Asia y Europa a la vez, sin grave perturbación espiritual”. Destaca en el colombiano, de la época, la generosidad, la plasticidad, la simpatía y el sentido estético; pero resalta también la fatigabilidad, la depresión y la impulsividad. “El colombiano no tiene el sentido de conquista del anglosajón, ni el sentimiento épico de la vida. Es pesimista y melancólico. Su filosofía es trágica y escéptica”.
          
Para Rubén Ardila, Colombia es un país variado y heterogéneo, conformado por culturas y subculturas o “endogamias culturales”, parafraseando a Emilio Yunis (2006, 15), en las que no cabe el concepto de “carácter nacional”. Subraya, que Colombia es una república joven y que “es extraño que un país en los comienzos de su desarrollo, se haya dedicado a mirar hacia atrás y no hacia delante. Que hayamos desarrollado una adoración por el pasado…por las costumbres que tuvieron sentido en las generaciones anteriores pero que no lo tienen ahora. Y simultáneamente nos hayamos vuelto tan críticones, tan negativistas, tan dados a señalar las limitaciones y nunca los logros; a mostrar lo malo y lo feo de Colombia y no sus enormes avances y sus gigantescas posibilidades” (Ardila, 1986: 174).

¿Por qué somos así?

“Según el genoma humano, no hay genes blancos o negros, ni exclusivos de algún grupo. O sea, no hay genes corruptos ni violentos. No somos mejores ni peores por los genes pero podemos ser peores o mejores por la historia. Todos, sin excepción, tenemos los mismos genes. Las variaciones que existen son muy pequeñas y son las que nos dan las variantes de los fenotipos. Lo que hay es dominación social de unos sobre otros. La historia nos ha hecho violentos”, se lee en el deshoje del libro: ¿Por qué somos así?, del reconocidp profesor profesor Emilio Yunis.

Concuerdan sicólogo y genetista en que todos los comportamientos que se acreditan, inmersas las actuaciones frente al plebiscito, no se le pueden atribuir al genotipo. “No creemos en el determinismo genético, racial ni de ninguna otra clase…no existe nada en la naturaleza del hombre colombiano que le lleve a ser melancólico, perezoso, amante de las artes, poco interesado en la ciencia, verbalista, apasionado por la política, orientado hacia el pasado, agresivo y violento con sus congéneres”. (Ardila, 1986: 176)     

Entonces, ¿En dónde se halla la procedencia del color, el sabor y de nuestra personalidad como colombianos? En la civilización diría Octavio Paz; es decir, en el estilo, en la manera que tiene una sociedad de vivir, convivir y morir. Una civilización no es solo un sistema de valores: “es un mundo de formas y de conductas, de reglas y de excepciones, parte visible de una sociedad, pero sobre todo en su parte sumergida invisible: las creencias, los deseos, los miedos, las represiones, los sueños” (Paz, 1983). ¿Y qué diría Borges, para quien Colombia era "un acto de fe"?

En la Educación aduce De Zubirìa (2016). “ Un país en el que 3 de cada mil personas saben leer de manera crítica no se mueve por las ideas, sino por emociones primarias como el miedo, la ira o la venganza”. La votación por el No y la abstención dan pistas para interpretar: no se leyeron los Acuerdos de la Habana críticamente, sino que se manipuló emocionalmente, hubo manipuladores y manipulados. Se pensó por reflejo y por extensión; en el primer caso, “por lo que le dicen y por eso hay tan poco espíritu crítico” (Yunis, 2004), hay minoría de edad; en el segundo, otros decidieron por el alienado elector, le evitaron “la angustia de pensar”, diría Estanislao Zuleta, lo sumieron en la eclosión de emociones negativas y en la docta ignorancia. “No hemos logrado formar individuos que actúen impulsados por un criterio propio para pensar, analizar o decidir” (De Zubiría, 2016). Por tanto, prosigue el director del instituto Merani, “el principal obstáculo de la paz en Colombia, no son las FARC, sino un sistema educativo incapaz de modificar las maneras de pensar, de comunicarse y de convivir de los futuros ciudadanos”

De Zubiría concuerda con Yunis en la educación como problema. “Todo pueblo que no trasciende en la ciencia, en la racionalidad, busca su destino principalmente en imágenes, en la emotividad, lo que no quiere decir que el pensamiento lógico y el científico sean irreconciliables con la emotividad, con la belleza plástica. Glorificamos a mucha gente y hacemos héroes con una facilidad enorme. Necesitamos héroes” (Yunis, 2004). En este aparte merece especial atención la pregunta por el papel de las Ciencias Sociales en la escolarización. ¿Se sigue enseñando la Historia de Bronce, la de los vencedores? ¿Qué aprendimos los votantes y abstencionistas de la historia crítica, para tomar una decisión tan seria como la del plebiscito? 

Otra hoja que resguarda el corazón de la alcachofa es la endogamia cultural. “La nacionalidad en Colombia, la idea de que somos una nación, surgió primero de esas subculturas, que luego se revistieron de características religiosas y de intolerancia política. Las líneas de adhesión se trazaron primero en la aldea, la vereda, el barrio, el pueblo, la región”. La familia, dentro de la endogamia cultural, juega su rol poco favorecedor de un proyecto de nación. El escritor Silva Romero (12 de mayo de 2016), aduce: “aquí lo que hemos tenido es familias y no sociedad, y hemos tenido familias más que país. En Colombia, así como en el resto de occidente, se impuso la imagen judeo-cristiana de familia tradicional, un concepto basado en la conformación biparental”( parr 5). En las redes sociales ha circulado la versión de un niño de 5 años quien perdió a su amiguito del colegio, porque su familia votó por el Si. ¿Decisión autónoma o herónoma? ¿Quièn lo indujo a tomar esa opciòn? 

El revestimiento de las subculturas, con características religiosas y de intolerancia política, es otra hoja de la alcachofa de ¿Por qué somos así? y el por qué los resultados del plebiscito. La religión, escribe Bertrand Russel (1962: 32), “se basa, principalmente en el miedo…miedo a lo desconocido, a la derrota, a la muerte y, en parte, al deseo de pensar que se tiene un hermano mayor que va a defenderlo a uno de todas sus cuitas y disputas”. Y el hombre creó a Dios, la novela de Fernando Soto Aparicio en la que indica, a través de Marcos Aragón, su protagonista, Flora, Floribel y Araluz, que el hombre ha creado a Dios en todos los rincones de la tierra y en todas las épocas de la historia y que quienes no lo reconocen han sido y siguen siendo perseguidos y atacados. El filósofo, matemático lógico, escritor y premio Nobel de Literatura, es un fidedigno testimonio de esa persecución en la universidad de la Ciudad de Nueva York, a mediados del siglo XX, llegando un juez a declarar, con la presión religiosa, que el científico británico “no estaba capacitado para enseñar en ninguna de las escuelas de esta tierra” (Russel, 1962: 251). Galileo es otro clásico ejemplo.   

Por eso, la ciencia, dice Russell: “puede ayudarnos a liberar de ese miedo cobarde en el cual la humanidad ha vivido durante tantas generaciones. La ciencia puede ayudarnos a no buscar ayudas imaginarias, a no inventar aliados celestiales, sino más bien a hacer con nuestros esfuerzos que este mundo sea un lugar habitable, en lugar de ser lo que han hecho de él las iglesias en todos los siglos” (Russell, 1962:33). Pero un “pueblo que no trasciende en la ciencia, en la racionalidad, busca su destino principalmente en imágenes, en la emotividad”, puntualiza el profesor Yunis. "Lo que impide el acceso al saber, lo que Platón llama la ignorancia, no es una carencia, sino por el contrario, un exceso de opiniones en las que tenemos una confianza loca", sostenía Zuleta. Datos tomados del El Espectador (09 10 2016) señalan que hasta 2013 había más de 7000 iglesias con RUT, con un patrimonio pròximo a los 10 billones de pesos y, con base en los datos de la DIAN, "en los últimos tres años, se constituyeron 1258, más de una en promedio diario"

Manipuladores y manipulados: espinas en la alcachofa

“Tenemos en el mismo corazón la misma cantidad de rencor político y de olvido histórico…Por la misma causa somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir…al colombiano sin corazón lo pierde el corazón”.

Esta cita de García Márquez robustece, desde la literatura, los aportes de la sicología, la genética, la historia y la filosofía e interpela a la siquiatría. La primacía de las emociones sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón y la irracionalidad por la vida, son síntomas de la salud mental del colombiano, síntomas que en la Encuesta Nacional de Salud Mental no se reflejan, para la comprensión a fondo del fenotipo de la alcachofa. De los 21 millones de personas afectadas en el mundo por esquizofrenia y otras sicosis ¿Cuántas hay en Colombia? De los 350 millones de personas afectadas en el mundo depresión, ¿Cuántas está dejando la violencia en Colombia? De los 47.5 millones de personas que padecen demencia en el mundo ¿Cuántas hay en Colombia?

Climent (2015) asevera que, “a pesar de sufrir severos trastornos mentales, los antisociales y los narcisistas posan de personas de conductas y razonamientos intelectuales aparentemente normales”. Nuevamente se hace presente la necesidad planteada por Heidegger, en: Tarzàn y el filósofo desnudo, de deshojar la apariencia para acceder al corazón de la alcachofa. La apariencia en el plebiscito fue explicita y manifiesta en la manipulación; explicita a través de la mentira, el engaño y el manejo de emociones negativas; tácita, por medio del ejercicio de un sufragio silencioso, inconsciente, ignorante del verdadero sentido, acompañado del miedo y alienado.

El siquiatra de la universidad de Harvard, ahora mencionado, en su libro: La locura lúcida, clasifica la manipulación dentro de Las conductas antisociales cotidianas, que no se le considera típica de ningún diagnóstico clínico, pero que, con frecuencia, aparece entre antisociales y narcisistas. “El filósofo Narciso no tiene verdaderos amigos, es amigo de sí mismo… pero conoce mucha gente…por encima de todo lo más que ama son los homenajes, para lograrlo se ha cubierto con la capa del populismo…con la suave humildad de la soberbia…no habla de amores”, así se le caracteriza en Tarzàn y el filósofo desnudo.

El manipulador, retomando al profesor de la Universidad del Valle, tiene siempre intenciones frías y calculadas; es incapaz de amar de verdad; con su extraordinario poder de convicción logra captar audiencias; tiene poder de intimidación sobre las víctimas más débiles, porque frente a los demás es obsequioso y hasta servil; su egoísmo lo lleva a ser mezquino, codicioso, práctico y calculador; es intuitivo para identificar personas pasivo-dependientes que se acomoden a sus demandas; es sorpresivo y le interesa no dejar tiempo a la contraparte para pensar y consultar; su fachada es impecable, de modales suaves y elegancia impostada. Si por las razones más insignificantes es confrontado, irritado o puesto en evidencia, se indispone, se atrinchera y declara la guerra o alternativamente cambia la estrategia. El manipulador no tiene conciencia de su enfermedad, de acuerdo con su propio criterio: “él no tiene fallas y por tanto no admite sindicación alguna de su patología. La posibilidad de recuperación debe buscarse en la victima: el manipulado” (Climent, 2015: 30).
Por su parte, el manipulado, es decir, la gran mayoría de los electores y abstencionistas, considera que merece la vida que lleva; tiene miedo absurdo e irracional a todo: al futuro, al otro, a cambiar, a tomar las riendas de sus asuntos, a valorarse y a sacar el mejor provecho a cada momento de la vida; la mentira, la negación, la pobre autoestima, la inseguridad van desmoralizando al manipulado, encontrando cada vez menos razones para sentirse bien consigo mismo; siempre termina justificando, excusando y minimizando las acciones negativas del manipulador. "Este patético escenario tan evidente para cualquier observador externo, no lo ve el manipulado que se resiste con terquedad a vivir plenamente”. Para el manipulador narcisista el “perdón” solo vendrá si la contraparte se ha humillado lo “suficiente”…detesta a quien no le alimenta sus necesidades narcisistas  (Climent, 2015: 30). 

Bueno, hasta acá este intento de provocación al lector para que ingrese a la cocina, a la Cocina de la Escritura (Cassany) y tome los condimentos necesarios para adobar el análisis de los hechos políticos recientes en Colombia y lo nutra con su luminicencia para transfromarlos. Los aportes, en lo atinente a reflexiones y alternativas de solución, de los profesores Rubén Ardila, Luis López de Mesa, Emilio Yunis, Bertrand Russell, Julián De Zubiría, Fernando Soto Aparicio, Gabriel García Márquez, Calos E. Climent, Rodrigo Parra S., Zuleta, entre otros, son apenas un pétalo externo de la alcachofa. 

En los intersticios de la hortaliza hay muchos duelos por elaborar, algunos todavía en la etapa de anestesia. Esos dolores requieren ser verbalizados inicialmente, para avanzar en su elaboración y darnos la oportunidad de rebasar en la construcción de un país al alcance de los niños, a través de la Escuela como Territorio de Paz. Parafraseando a García Márquez: nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía, donde los colombianos, condenadas económica, social y polítcamente a la violencia, tengamos por fin y para siempre la oportunidad de vivir en Paz.

Algunas fuentes consultadas.
 
Ardila, R. (1986) Psicología del hombre colombiano, Bogotá: Planeta 
Cano, W. (2016) recuperado: http://www.elheraldo.co/local/ninos-de-85-colegios-del-atlantico-tuvieron-su-plebiscito-escolar-288974
Climent, C.(2015) La locura lúcida, Bogotá DC: Panamericana editorial
De Zubirìa, J. (2016) recuperado http://www.semana.com/educacion/articulo/implicaciones-del-no/497863
El Espectador (09 10 2016) http://www.elespectador.com/opinion/editorial/impuestos-iglesias-articulo-659452
García, G. (2004) http://scp.com.co/ArchivosSCP/Por_un_pais.pdf
Ospina, W (.http://es.slideshare.net/soulborner/la-franja-amarilla-16591091
Parra, R. (1996) Tarzàn y el filósofo desnudo, Bogotá DC: Arango editores.
Russell, B. (1962) Por qué no soy cristiano, México, editorial Hermes.
14 de marzo de 2004
Zuleta, E. recuperado https://es.scribd.com/doc/79622258/Estanislao-Zuleta

Josè Israel Gonzàlez B
Trabajador social. Bogotà DC
ocavita@yahoo.com

domingo, 25 de septiembre de 2016

La guerra en la escuela, la Escuela como Territorio de Paz

“El crimen es falta de patria para la acción, la perversidad es falta de patria para el deseo, la locura es falta de patria para la imaginación” E. Zuleta

Con esta cita de Estanislao Zuleta, quiero abrir esta reflexión, interpelando nuevamente el sentido de la Escuela como Territorio de Paz, sobre la base de la versión de Anapía, una orientadora de un colegio público de la ciudad. 

Anapía cuenta que, en la localidad donde ella labora, hace algo más de un lustro, un equipo multidisciplinario de profesionales de la salud, proveniente de una acreditada universidad de Bogotá, realizó un estudio acerca del Síndrome de Agotamiento Profesional (SAP) de los maestros, de tres centros escolares, hallando como novedad que de cada 100 maestros 29 estaban afectados por el síndrome en mención y cerca del 50% presentaban episodios de despersonalización. Los orientadores escolares, dentro de este estudio, aparecen como las personas más afectadas adversamente en la salud física, mental y en sus emociones.  

“La dimensión del SAP más frecuentemente reportada como alta es el cansancio emocional: 43.9% de los docentes reportan valores altos o medios en falta de realización personal; 49.8%, en despersonalización, y 57.4%, en cansancio emocional. Y por lo menos 25% reportan alto en cualquiera de estas dimensiones” (González, 2013)

Luego de este apunte, Anapía comenta que en su colegio hay al menos cinco situaciones que llaman la atención acerca de la materialización de la Escuela como Territorio de Paz. La primera, la existencia de un maestro que, en carne propia, sufrió durante tres años, el secuestro de un hermano y en la actualidad el de otro, por un grupo guerrillero. La ilusión de ese profesor es que devuelvan al seno de la familia, nuclear y extensa, a su hermano vivo y pronto. Pero, las variables que determinan el cumplimiento de esa perenne ilusión están en manos de la insurgencia y del gobierno, no de la familia ni del secuestrado.

La segunda, el caso de una profesora que, desde hace más de dos años, tiene desaparecida a una hermana. De manera similar al profesor que sufre el secuestro de su hermano, la educadora mantiene la ilusión de que le devuelvan a su hermana viva, o “al menos nos digan si está viva o muerta y donde está “ o, en el caso más dramático, “que nos entreguen sus restos”. El alcance de estos deseos está sometido a variables independientes a la familia, penden de que quienes la han desaparecido actúen con la verdad. En el marco de los actuales acuerdos de Paz se leería: “hacer efectivos los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición y responder al anhelo de la sociedad de una paz estable y duradera, con justicia social, convivencia pacífica y ampliación de la democracia” (Moreno, 2016)
       
La tercera situación, tiene que ver con los estudiantes de grado 11, a quienes, año tras año, les notifica sobre el deber de inscribirse para “definir su situación militar”, de lo contrario no podrán ser togados. Anapía no oculta su desconcierto con esta medida y a renglón seguido anota: “¿Qué sentido tiene para un agricultor, arar el terreno, desyerbar y aporcar la labranza, cuidarla de las plagas, protegerlas del clima hostil y ayudarla a madurar, si al final tiene que entregarla a quienes no han sido parte de la siembra para que la sometan al fuego, es decir la  malbaraten en la guerra ?”  

Anapía, además de plantear su preocupación, a través de esta analogía, refrenda que pese a que los bachilleres, que cumplen con el citado deber no van directamente a la confrontación armada, el hecho de poseer un uniforme de los organismos de seguridad del Estado los asocia con la guerra. “Qué bonito es encontrarse uno con los egresados portando las batas blancas, el vestuario cotidiano, los uniformes azules, rosados, rojos y un variopinto de colores, denotando que han continuado sus estudios”. Ausculta también la orientadora las dificultades que acarrea la declaración de la Objeción de Conciencia y la angustia que revelan, sobre todo, las madres de familia, porque saben el riesgo que corren sus hijos en el servicio militar.

La cuarta situación refiere a los dolores alojados en las aulas de clase. En una investigación realizada por Anapía, usando la historia Gráfica de Recuperación de Pérdidas Emocionales, con estudiantes de grado 6º a 11, encontró que el 82% de los educandos que participaron en el desarrollo del instrumento anunciado tiene duelos sin elaborar. La muerte de abuelos, tíos, hermanos y amigos ocupa el 53%; las enfermedades en los miembros de la familia extensa conquistan un 11% y las separaciones de los padres el 32%. La pérdida de animales por muerte, por extravío y por apartamiento ordenado por  los padres, merece un importante lugar, con un 54% del total de niños y niñas. Suman los accidentes, fracturas, quemaduras, peleas, laceraciones, robos, maltrato, castigos, entre otras formas de afectación de la integridad físca y sicológica. El conflcito armado ha incidido en un alto porcentaje en la existencia de estos duelos.
  
La quinta situación se ocupa de la comunidad. Anapìa ha conocido, mediante la interacción cotidiana con padres de familia de estudiantes que han desertado de los colegios o los han expulsado, que muchos de esos niños y adolescentes engrosan pandillas, bandas delincuenciales, redes de micro narcotráfico, trata de personas, prostitución, cuyo destino final es la enfermedad, la cárcel, el cementerio. Son muy raros los casos, en que  la reeducación o rehabilitación social se logren. “No queremos seguir viendo a madres, padres de familia y hermanos seguir recibiendo a sus hijos en Medicina Legal”, adujo un grupo de madres en un foro sobre la Cátedra de Paz.    

Rodrigo Parra Sandoval y otros. (2000, p. 20) no dudan en afirmar que la organización de las pandillas debe su expansión «a la inoperancia de la justicia en el mundo escolar, a la ausencia de mecanismos que decidan legítimamente los conflictos que surgen en la vida estudiantil». Estudios longitudinales, hechos en Europa y en Estados Unidos, ponen en evidencia que esos aprendizajes no corregidos en su momento son los que amamantan ulteriormente la criminalidad, el acoso sexual, la violencia intrafamiliar y el riesgo de que los hijos de esos exalumnos reproduzcan prácticas similares, guardadas proporciones, como en el caso de los embarazos en adolescentes, que hoy es un problema de salud pública declarado en el país desde el año 2005.
Las cinco situaciones que declara Anapía y los relatos de Ambrosio nos llevan a discurrir que la Escuela como Territorio de Paz no es un ideal. La Escuela como Territorio de Paz, de acuerdo con lo expuesto, parte de reconocer la existencia, en el seno de auals y en las instituciones escolares, de situaciones como las que enuncia Anapía, situaciones que están permeando, en el marco de los pos acuerdos, cientos de centros educativos, decenas de maestros y miles de familias colombianas. La Escuela como Territorio de Paz, vista de esta manera, convoca a todos los docentes, padres de familia y educandos a ser solidarios, unos con otros, para que los dolores del secuestro, la desaparición forzada, el maltrato, la guerra, la muerte, el desplazamiento forzado y la violencia, cesen y esos deseos e ilusiones de familiares y amigos lleguen a feliz término, no de otra manera sino a través de la consecución de la Paz con justicia social. En este sentido, la aprobación del plebiscito es apenas una de las priemras gradas en la larga escalinata de la tan anhelada Paz.

La Escuela como Territorio de paz aboga por la existencia de patria para la acción, para el deseo y para la imaginación; de esa guisa, el crimen, la perversidad y la locura tendrán que irse al abismo. Parafraseando a  Manfred Max Neef, el crimen, la perversidad y la locura, son como ese enorme rinoceronte, que fácilmente aplasta a un zancudo, pero que si los zancudos conforman una nube, entonces el rinoceronte podrá desesperarse y hasta lanzarse al abismo.

Algunas fuentes consultadas.

González, J (2013) Recuperado: http://senderopedagogico.blogspot.com.co/2013/02/ls-orientacion-escolar-en-colombia.html
Parra Sandoval, R., González, A., Mortiz, O. P., Blandón, A. y Bustamante, R. (2000). La escuela violenta. Bogotá: Tercer Mundo.
Zuleta, E. (1994). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Medellín: Fundación Estanislao Zuleta.

Josè Israel Gonzàlez B.
Trabajador social/oreintador colegio Nuevo Horizonte
ocavita@yahoo.com

sábado, 10 de septiembre de 2016

La Escuela:Territorio de Paz y el maestro ignorante

 
“Quien enseña sin emancipar embrutece.Y quien emancipa no tiene porque preocuparse por lo que el emancipado debe aprender”. (Ranciére, 33)

Cuenta Ambrosio, un maestro de escuela, graduado en 1976, en una normal regentada por monjas, que su primera experiencia laboral ocurrió en el Magdalena Medio. La escuela, según Él, estaba localizada a 8 horas del casco urbano y que, para llegar, rendía mas “a macho tobillo” que a lomo de mula. Su arribo al centro escolar, donde hacía más de un año la maestra que trabajaba allí debió salir por amenazas de un frente de las Farc, por el asedio de grupos armados, que años después se denominaron paramilitares y por la delincuencia común, que tenía su centro de operaciones entre las minas de esmeraldas y los sectores aledaños a las mismas, fue la necesidad de  trabajar para ayudar a los padres y hermanos.

“Yo no sabía ni siquiera que ese municipio existía, pero como no tenía palanca en la Secretaría de Educación, que en ese entonces la presidían los liberales, me ofrecieron por allá y yo me fui sin pensarlo…La llegada a Otanche fue lo de menos, el problema era para salir de la región: ni los campesinos, ni el director de grupo, ni los niños, querían que uno dejara la escuela, porque nadie quería irse a ejercer a ese territorio, por miedo a la violencia”.

Ambrosio cuenta que a la cabecera municipal solo había transporte público y particular, entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde. Quien desobedeciera esa orden, que no era estatal, corría el riesgo de ser atacado por los grupos armados existentes en la región: guerrilla, esmeralderos, los “Pájaros” y los “Tupamaros”. “El día de mi arribada, por primera vez, en un caserío llamado Santa Bárbara, se treparon al bus unos sujetos armados, se atrincheraron detrás de la puerta y en la retaguardia del automotor, le exigieron al conductor que acelerara y que no fuera a parar hasta que ellos le dijeran. A nosotros nos pidieron que nos agacháramos debajo de las bancas o que si podíamos nos acostáramos boca abajo…yo no se cómo llegamos al pueblo…en todo caso en la agencia de la flota nos encerraron hasta que paró un enfrentamiento a bala” 

El jefe de núcleo, estaba informado de que ese día llegaba a su jurisdicción un nuevo docente, oriundo del interior del departamento, cuyo nombre era Ambrosio: Él, muy solidario le permitió pernoctar en su habitación, sobre unos periódicos tendidos en el piso. Al día siguiente, tenía citados a los líderes de la vereda Cayetano Vásquez, lugar donde quedaba la escuela. Mientras los campesinos acordaban la manera de transportar al docente a su escuela ocurrió una masacre en Cascuez, un caserío aledaño a la mencionada escuela. “Yo no pude ni conocer la escuela, porque a las 20 familias que conformaban la comunidad les tocó abandonar sus parcelas al día siguiente. Sabían que su vida corría peligro”.

Pero en el municipio había muchas escuelas sin maestros, poseía varias vacantes ocasionadas por el traslado o la renuncia de docentes, víctimas de amenazas y de desplazamiento forzado. No obstante, el director de grupo se comprometió con los campesinos de otra vereda a enviarles el maestro que no pudo llegar a Cayetano Vásquez. “Yo duré tres días en el pueblo sin hacer nada, mis compañeros me dieron techo, comida y bebida…El sábado, día en que los agrodescendientes llegaban de las veredas con el cacao y el café, únicos productos que sacaban al mercado, en mulas, el jefe de grupo me presentó ante ellos y el domingo arranqué para otra escuela rural, distante 8 horas, montado en una mula, por una trocha encumbrada, rodeada de selva, atravesada por quebradas caudalosas, poblada por insectos y reptiles venenosos”.

La escuela: una disputa de los grupos armados

La escuela, una construcción en madera aserrada por los campesinos, con tejas de zinc, edificada en un potrero lindado por frondosos arboles y sitiado por dos riachuelos, como si fuese la Media Luna de las Tierras Fértiles, distaba una hora de la casa en la que vivía Ambrosio. “Todos los días me tocaba caminar ese trayecto cruzando cercas alambradas, lotes de ganado y disímiles riachuelos. El desayuno constaba de una taza de changua guisada con gordana, sal y chontaduros. Del almuerzo, cada día se encargaba una de las 22 familias que poblaban el vecindario… me lo llevaban, envuelto en hojas de plátano, junto con una botella de guarapo o chicha de chontaduro”.

El horario, según el relato del docente, era de 8 de la mañana a 4 de la tarde, incluyendo dos horas de almuerzo y dos recreos: uno en la mañana y otro en la tarde. Los sábado se daban las clases de coprogramáticas y educación física hasta el medio día. Los domingos se debía asistir a misa, pero dada la distancia, los niños, sus familias y el maestro, mensualmente, debían concurrir a un corregimiento cercano a cumplir con el primer mandamiento de la iglesia católica.   

La distancia de la escuela a la vivienda de l maestro y de los niños no era un problema mayúsculo; la presencia de insectos y reptiles peligrosos se sobrellevaba con el cuidado personal; el horario de trabajo también era llevadero; pero la presencia de los grupos armados amenazantes de la existencia “era el verdadero dolor de cabeza para uno, el miedo de que en la noche entraran a la vivienda y nos mataran a todos por: informantes, por sapos o por no decir lo que ellos querían oír”.

 A la escuela asistían 32 niños, sin uniforme, distribuidos en 4 grados. La enseñanza se basaba en contenidos del Decreto 1710 de 1963, la cartilla Charri, el catecismo Astete, la Historia Sagrada y las Guías Alemanas (Laitón, 177). Ese fue el patrimonio bibliográfico que recibió Ambrosio del Comisario de la vereda. El plantel contaba con un tablero de madera, 6 bancas elaboradas por los campesinos con tablones extraídos del ecosistema y la caja de tiza que apenas había empezado la antecesora docente, que según los comentarios había cursado hasta segundo bachillerato, lo mismo que la mayoría de los educadores del área rural. Su formación no le permitía ubicarse en ninguna de las dos categorías del escalafón existente, en ese entonces, para los maestros de primaria. El togado como normalista, de ese entonces, automáticamente obtenía la categoría segunda y luego de dos años de experiencia certificada, ascendía a la primera categoría. Ahí, en esa categoría murieron miles de maestros que por su edad y formación no alcanzaron a ser asimilados en el Estatuto Docente conquistado por le magisterio de Colombia en 1979 (Decreto 2277). Si el normalista ejercía en secundaria, el escalafón y el sueldo eran distintos. 

La escuela: escenario de conflicto y territorio de Paz.
  
La escuela de Ambrosio mucha veces fue asediada por fuerzas armadas. “En una ocasión, yo estaba revisando los cuadernos de los niños de tercero, cuando abandonaron abruptamente las bancas gritando: “llegaron los del frente”. Se trataba de cinco hombres armados con fusiles, pertenecientes a las FARC, según leí en los brazaletes, estaban patrullando la zona. Su recomendación fue: si alguien le pregunta a quién vio pasar por acá, usted no ha visto nada, porque la vida le puede costar por sapo…nosotros lo que hacemos es proteger a los campesinos de la región ... Recuerdo que eso fue un viernes; el lunes siguiente llegué a trabajar y el ejército no me permitió ingresar a la escuela, todo el predio estaba custodiada por soldados…hasta el miércoles pude entrar… y así me pasó en muchas ocasiones: “sin Dios ni Ley” .

El relato de Ambrosio también alude a la situación de sus alumnos. Cuenta que de los 32 educandos, 19 habían perdido a su progenitor en una emboscada tendida por la guerrilla a una banda de cuatreros. “Le dieron de baja a uno y esperaron que los otros abigeos fueran a recoger el cadáver. Ellos nunca llegaron, no obstante los campesinos de la región, en un acto humanitario “hicieron gente” y fueron al levamiento, cayendo bajo las balas de los insurgentes”.

Sin duda es una situación azarosa para un maestro que ni en la Escuela Normal, ni en la universidad le advierten sobre la existencia del duelo y el imperativo de abordarlo, para prevenir enfermedades fisiológicas, mentales y para mejorar la calidad de vida de quien lo padece. Es un asunto preocupante en un país en guerra y en el que la escuela, como lo relata Ambrosio, no ha escapado al conflicto armado, intrafamiliar, académico, al matoneo, a la violencia como: obtención de estatus, defensa del territorio, modo de resolver conflictos, catarsis,  entretención, reivindicación social. A esos enseñantes de la Escuela Normal y de la universidad, intelectuales de la educación, E. Zuleta (1994, p. 107) les diría y les dirá: “Yo no creo que el intelectual colombiano pueda darse el lujo de no pensar en la violencia”.  
 
La Escuela territorio de Paz, siguiendo Rancière, es una escuela donde la explicación no puede seguir siendo el mito de la pedagogía, donde la parábola del mundo dividido entre espíritus sabios y espíritus ignorantes, entre maduros e inmaduros, entre capaces e incapaces, entre inteligentes y tontos, entre “buenos” y “malos” como moralmente se estigmatizan.  La Escuela Territorio de Paz es la institución que hace del Derecho a diferir, el motor de la democracia.  La Escuela Territorio de Paz es el lugar en el que se no se enseña la filosofía sino se enseña a filosofar, como lo sugirió Sábato. La Escuela Territorio de Paz es el escenario en el que el conflicto no se excluye, sino que tiene lugar y su resolución se hace desde el ser sintiente-pensante o sentimpensante. La Escuela Territorio de paz  es el lugar que hace de Colombia. “un país al alcance de los niños”, como lo proclamó García Márquez.

La Escuela Territorio de Paz es la escuela que emancipa, evocando a Freire y a Jacotot, en Ranciére. Es la escuela que supera la violencia simbólica, glorificada en los rituales de la enseñanza, en le currículo formal, en las normas que vulneran derechos de los aprendientes, pretexto de “formarlos” y también de los agentes de la comunidad educativa.

La Escuela Territorio de Paz es el establecimiento que deja aprender. Es la escuela, volviendo al Maestro ignorante de Ranciére, en la “que se puede enseñar lo que ignora y que un padre de familia, pobre e ignorante, puede, si está emancipado, encargarse de la educación de sus hijos, sin el auxilio de ningún maestro explicador”. La Escuela Territorio de Paz es la escuela que potencia la existencia, que desvela la ceguera y transforma los avatares que ha vivido Ambrosio y que padecen muchos maestros en Colombia. La escuelas Territorio de Paz, evocando a Bachelard, es el territorio en el que “el aire es una paloma que, apoyada sobre su nido, calienta a sus hijuelos”
     
Algunas referencias
        
Bachelard, G. (2000). La poética del espacio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Laitón C. A (2008) Saboyá. Campesinos, violencia y educación. Bogotá DC: Códice
Ranciére, J. (2007) El maestro ignorante. Buenos Aires: Libros del Zorzal.
Zuleta, E. (1994). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Medellín: Fundación Estanislao Zuleta

José Israel González B.
Trabajador social/orientador
Colergio Nuevo Horizonte. Bogotá DC.
ocavita@yahoo.com


 

lunes, 6 de junio de 2016

La familia y la Caja de Pandora...

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                        “…Ahí están: él (río) y ella(puerto) unidos por una barca indeleble(pareja), con el compromiso de recorrer el resto de la vida, seducidos por una imagen frutal: media naranja, pero enrizados en en lo que son: individuos incompletos, contradictorios, egoístas, vanidosos, negando lo único que exalta: ser diferentes.”

De la génesis a la crisis

La crisis no es la culminación de un proceso, como generalmente se piensa, sino los momentos en los que comienza a imponerse algo nuevo en la sociedad, comenta Gutiérrez Girardot (1998, 264) evocando a José Luis Romero. La familia, en Colombia y en América indígena, nace con la comunidad tribal. La tribu, escribe el profesor Tovar Pinzón (1974, 18) “es fundamentalmente una asociación familiar”, en la que se encuentra: la familia nuclear, la familia extensa y la familia social. La primera, poligámica, constituida por afinidad y consanguinidad, por el esposo y las mujeres principal y secundaria; la segunda, agrupamientos de familias que se identifican, verbi gracia, por el apellido; y la familia social, instaurada por todos los miembros de la tribu.

De la raíces vernáculas podemos dar un salto a la crisis actual, en la que –como diría Gramsci,“ hay algo que está muriendo pero no termina de morir y al mismo tiempo hay algo que está naciendo pero tampoco termina de nacer”. Lo que está muriendo es el arquetipo de la mítica familia nuclear y extensa, conyugal, monógama y biparental y, lo naciente, la recomposición familiar en distintas facetas, una de ellas la tribu; estereotipo que, según la postura de una diputada catalana, los niños deben ser educados en tribus. La representante ibérica sostiene que el modelo biparental reinante en occidente “es contraproducente para la consolidación de una sociedad con sentido de comunidad” (Gabriel, 12 de mayo de 2016), y que los niños y niñas deben ser educados en común y en colectivo por la tribu.

Frente a este cambio de arquetipo o si se quiere a la reivindicación de la cultura de la Comunidad tribal (Tovar, 17), el escritor Silva Romero (12 de mayo de 2016), aduce: “aquí lo que hemos tenido es familias y no sociedad, y hemos tenido familias más que país. En Colombia, así como en el resto de occidente, se impuso la imagen judeo-cristiana de familia tradicional, un concepto basado en la conformación biparental” ( parr 5). El concepto de familia, en el mundo occidental, se asocia al amor y a la protección, en un espacio mítico de armonía en el que cualquier manifestación de conflicto, entendido como choque o como dificultad, es considerada como anomía o desviación, expresión de maldad o enfermedad; de ahí que hayan voces que enuncien que “la familia está enferma”. 

Tedesco (1995, 44) al comparar la familia con la escuela, en el ocaso del milenio, aseveraba que entre la familia de finales de siglo XX y la de inicios del mismo había una distancia enorme, mientras que los cambios en la escuela seguían siendo efímeros y mucho menos significativos. “La familia mantiene su importancia, pero ya no es la familia fija y estable de antes... hay intercambio de opiniones, de maneras de ver o sentir pero no de transmisión porque ésta supone la aceptación de cierta asimetría y de cierta autoridad. La familia actual tiene una tendencia a transformarse en una institución donde se intercambia, negocia, discute, donde la autoridad tiene que ser conquistada y no existe naturalmente”.

La crisis puesta en cifras.

Con base en estos apuntes, que recorren tiempos y espacios, por donde ha transitado la sacra familia nuclear, en Colombia, y añorando que esta organización primaria retome el remo de la socialización y el timón constitucional de ser garante de los derechos, deberes y obligaciones para consigo misma y con su prole, vale la pena traer a colación algunos datos que ponen en cuestión el ideal que se tiene en la escuela y la realidad que se ignora.   

Según Medicina Legal, el año pasado se reportaron, en Colombia, 1007 asesinatos de mujeres, cerca de 16.000 casos de violencia sexual y aproximadamente 37.000 de violencia en general contra ellas. Entre el 2001 y el 2009 se supo de 500.000 casos de violencia sexual, “se calcula que en ese lapso la cifra real de colombianas violentadas haya ascendido a los dos millones”. (Lara, mayo 26 de 2016). “¿De qué nos quejamos? Ni siquiera practicamos el 5º mandamiento, y ya vimos los amplios y poderosos sectores que votaron por seguir la guerra.”, apunta Carlos Eduardo Vasco, en el 5º reto de la Educación colombiana para el 2025. En este reto, al decir del Comisionado de la Misión Ciencia Educación y Desarrollo está: “Conciliar el pluralismo y el amoralismo neoliberal y posmoderno con la enseñanza de la convivencia, la ética, la moral, la democracia y la ciudadanía, y con la enseñanza de las religiones, sus contribuciones y sus desvíos”.

Durante 2014 al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) llegaron 44.165 denuncias de maltrato a menores de edad, afectados principalmente por violencia sexual y abandono. Dicho de otro modo, en Colombia, diariamente, en ese año, a 121 niños, niñas y adolescentes se les vulnerados sus derechos. El 41,7% de los menores de edad, con los que el ICBF adelanta procesos de restitución de derechos, tenía entre 12 y 18 años; el 28.8% la edad oscilaba entre 6 y 12 años. Los niños y niñas, entre 0 y 6 años, ocuparon el 16,3%. Según el mismo instituto, (El tiempo, 2 de marzo de 2016), solo durante el 2015 fueron reportados al Sistema de Información Misional 3.370 casos, de los cuales, 939 fueron por violencia sexual.

Todos ellos y ellas son hijos de la Constitución de 1991, seguramente vástagos de padres creyentes, practicantes del 4º mandamiento y “apoyados en la ley”, aunque no se conozca la especificidad del Código Civil Colombiano que en el artículo 262 establece: “los padres o la persona encargada del cuidado personal de los hijos, tendrán la facultad de vigilar su conducta, corregirlos y sancionarlos moderadamente”. (González, J., 2015). “Los niños que han sido respetados desde la infancia irán por el mundo con los ojos y las orejas bien abiertos y sabrán protestar con palabras y acciones constructivas contra la injusticia y la ignorancia”, anota Miller (2009, 17) y los que aprenden la violencia en la progenie, porque sus padres la han aprendido ¿Qué harán?

 Ligado al crimen, al maltrato y al abandono, como prácticas de los miembros de algunas familias, está el consumo de Sustancias Psicoactivas (SPA). En el II Estudio de Consumo de Alcohol en Menores, en 7 ciudades capitales, en el año 2015, realizado por la Corporación Nuevos Rumbos, se encontró que el 58% de los menores de 18 años lo hace en fiestas de la casa; el 52% de los menores toma alcohol en presencia de los padres; el 48% toma con padres y familiares y el 44% ha ido a comprar el licor obedeciendo órdenes de los padres o familiares. Concuerdan estos datos con las cifras del programa Ángel protector de Red Papaz, en los que se asegura que el 55% de los menores de edad han iniciado el consumo del alcohol en su propia casa, en presencia de sus padres, reiterando que esta es la causa de los altos índices de consumo en la capital.

En 2015 y lo corrido del año 2016 se registró, según Caracol Radio, que el 15 por ciento de los menores en Bogotá están tomando alcohol con frecuencia, volviéndose relevante el hecho de que las mujeres están consumiendo un 57%, mientras que los hombres, menores de edad, registran un 51%. El comienzo del consumo está entre los 11 y 12 años. Esta, sin duda, es una huida de los niños y adolescentes a las situaciones de angustia, desesperanza, desazón, violencia, desconfianza, peligro, incertidumbre, abandono afectivo, desprotección que la familia biparental y monoparental le brinda a sus retoños. Si las espigas y los capullos, evocando a Soto Aparicio, no se cuidan no habrá pan ni habrá flores.    

¿Y qué decir de la violencia intrafamiliar, muy ligada a los factores de riesgo que se vienen enunciando? En mayo del 2015 se registraron, a nivel nacional, 74.812 casos de violencia intrafamiliar: más del 30 por ciento sucedieron en plena celebración del Día de la Madre. (El Tiempo, 2de marzo de 2016). En 2012 se presentaron 30.110 casos, 552 de los cuales terminaron en sentencia condenatoria. Al colombiano sin corazón lo pierde el corazón, apuntó García Márquez (1995, 16). “Somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir. Al autor de los crímenes más terribles lo pierde una debilidad sentimental.”

En la apertura de la Caja de pandora, el embarazo no deseado de adolescentes no puede efaltar. El embarazo de adolescentes, en Colombia, es un problema de Salud Pública. La Academia Nacional de Medicina, en el año 2005, catalogó el “embarazo en adolescentes” como la más grave problemática en salud pública de Colombia. “Ésta, además de ser un marcador de subdesarrollo en sí, es una catástrofe biológica, antropológica, social, familiar e individual. De ella se desprenden en gran medida problemas como el aborto, las infecciones de transmisión sexual, la violencia de género, la violencia sexual y el maltrato infantil” ( Arrieta, 2010).

En la actualidad, el 20% de las embarazadas son adolescentes. Colombia es el tercer país de la región (después de Venezuela y Ecuador) con el mayor sumario de adolescentes gestantes. Un estudio reciente de la ONU señala, que “150 mil embarazos en niñas entre los 10 y los 19 años se registraron en el país en el último año”, 6000 de ellas menores de 14 años. El embarazo adolescente perjudica no solo a la madre, sino a sus hijos, a sus familias y a la sociedad entera “El embarazo en la adolescencia es una circunstancia que quita la oportunidad de desarrollo, de crecimiento, de completar la educación, de tener mejores oportunidades para el trabajo y mejores condiciones de vida, tanto de la madre como de sus hijos”, indica el estudio (Mejía, 2013). ¿Qué está pasando? ¿Quiénes son responsables de esta grave problemática? ¿Los padres que no se comunican correctamente con sus hijos... los mismos adolescentes, que se aventuran a tener prácticas sexuales sin la protección ni la conciencia de los riesgos que el ejercicio de la sexualidad implica?, preguntan los asesores del organismo multilateral. ¿Ha muerto la familia, como lo aseveró David Cooper(1986)?

Desde la relación familia escuela, puede decirse que las prácticas de crianza, los saberes de sentido común, saberes populares y el capital cultural de los padres de familia, que tienen matriculados a sus hijos en los colegios públicos, no les posibilitan formar a los niños, niñas y adolescentes en el ejercicio de los Derechos Sexuales y Reproductivos; empero, la Corte Constitucional ha expuesto que:  “por su propia naturaleza, la instrucción sexual se lleva a cabo desde el nacimiento en la atmósfera protegida de la familia”. El peso de las creencias y sobre todo de los preceptos religiosos cobra un alto precio a la hora de asumir la formación de los hijos; por eso, la escuela se convierte en una institución de educación compensatoria y de reeducación en cuanto a la Educación sexual se refiere, pero no resuelve el problema estructural. 

Los divorcios ocuparon un protagónico papel en la desconfiguración y recomposición de las parejas, convirtiéndose en un factor de riesgo para los consanguíneos. A principios del 2009, la prensa nacional reconocía “que 41 parejas colombianas acudían a los juzgados para divorciarse, es decir, 5 parejas en promedio por hora” (González, J., Luna, A., 79). Se calcula que por cada pareja que se casa otras tres parejas se divorcian. De diez parejas, tres se divorcian. Bogotá fue una de las ciudades donde más se presentó esta situación: 25.83% de los divorcios del país. De acuerdo con los informes del Superintendente de Notariado y Registro (García, J., 2016), “de diez parejas, tres se divorcian… los divorcios aumentaron un 10.44%”. ¿Y qué decir del matrimonio igualitario y de las madres cabeza de familia? 

Y podríamos cerrar esta enumeración de factores de riesgo que caracterizan a la familia unipersonal, nuclear y extendida, como la tipifica la Encuesta Nacional de Salud Mental, 2015, acuñando que el 10% de los colombianos tiene problemas mentales, reflejados primordialmente en la depresión y la ansiedad.
Sobre la base de este crítico panorama, en el que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer, reconociendo que en el fondo de la Caja de Pandora está lo nuevo, es decir la Esperanza, fundada en la diversidad debida a la mutación del organismo primario, y que son muchos los factores exógenos que influyen en el desempeño de los roles de la familia, verbi gracia: la pobreza, el desempleo, la ubicación rural o urbana, la situación económica, la aculturación, entre otras, sobre esta base bien pueden formularse los siguientes interrogantes:
  ¿Será que ese organismo asemejado a la estructura básica de los seres vivos: la célula, está cumpliendo con la función de reproducirse, pero ha dejado en un segundo plano la función de relacioanrse bien y ha puesto en el sótano la función de nutrirse y por eso hoy sigue moribunda? ¿Qué estará pasando con la membrana plasmática cultural y con el citoplasma social de la "la base de la sociedad? ¿Tiene sentido, para el crecimiento humano, una organización primaria como la amorfa familia actual? ¿Será posible la realización personal y social de niños, adolescentes y adultos en un escenario cuyas funciones tradicionales son la supervivencia, la reproducción y la vida conyugal? ¿Los roles que vienen ejerciendo los miembros de las tipologías de familia contemporánea están cumpliendo con el compromiso para el cual nació esta organización primaria? ¿Será que la prevalencia de este organismo, tal como se ha sostenido, ha incidido en que no tengamos una mejor sociedad, una mejor escuela y un mejor país, acogiendo la afirmación del escritor Silva Romero?

En este contexto anómico y disfuncional, la escuela puede seguir esperando que la familia responda con los deberes y obligaciones que tiene con la escolaridad? Casassus (2015) sostiene que los alumnos que tienen profesores que piensan que el éxito o el fracaso de ellos depende de la familia de donde procede tienen, por ese solo hecho, 20 puntos menos, frente a los educadores que no piensan así. ¿La escuela del posconflicto puede asumir el rol de generar procesos de aprendizaje sobre la base de la realidad anómica expuesta, como alternativa educativa? 
Algunas fuentes consultadas.
Casassus, J., recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=yS_CFk1WL70
Cooper, D., recuperado de https://periodicoelamanecer.files.wordpress.com/2014/03/la-muerte-de-la-familia-david-cooper-1971-periodicoelamanecer-wordpress-com.pdf
García, G., recuperado de  http://www.mineducacion.gov.co/cvn/1665/w3-article-340541.html
García. J., Recuperado de http://caracol.com.co/radio/2016/03/29/nacional/1459273224_917130.html
Leal, J., (1998) La jaula familiar. Bogotá, Colombia: Tercer Mundo Editores. 
Leer más: http://www.monografias.com/trabajos43/dinamica-familiar-escolar/dinamica-familiar-escolar2.shtml#ixzz4A9kBwbxA
Mejía, M., recuperado de http://www.sura.com/blogs/calidad-de-vida/embarazo-adolescente.aspx#sthash.83WDFbAk.dpuf
Gutiérrez, Rafael (1998) Insistencias. Bogotá: Ariel.
Miller, A., (2009) Por tu propio bien: raíces de la violencia en la educación del niño. México:Tusquets Editores.
Sarlo, B. (2005) Tiempo pasado. México: Siglo XXI editores. 
Tovar, H. (1974) Notas sobre el modo de producción precolombino. Bogotá: Aquelarre.

José Israel González B.
Bogotá DC, junio 5 de 2016